Each afternoon in the deserted cinema
Tallys was extremely distressed
By the image of colliding motor-cars.
Celebrations of his wife’s death,
The slow motion News-reels
Recapitulated all his memories of childhood,
The realization of dreams
Which even in the immobility of the night
Would develop into nightmares and anxiety
Skinner parece haber creado una máquina de aplanamiento cognitivo cuando la rama correctiva de la psicología se identificó con una política de normatividad neurológica. Palomas, “o más bien, misiles…”
No podía creer lo que le salía de la boca durante los 35 minutos que solían durar esas sesiones, pero lo de la paloma fue especialmente extraño. Los misiles se quedaron en el aire unos segundos, el silenció (que era una respuesta casi dictaminada durante esos 35 minutos) era tan incómodo como siempre. Estar en silencio en su propia cabeza ya era aterrador, estarlo enfrente de alguien más era humillante. Esperaba ansiosamente a irse, a pagar e irse, estas eran las transacciones más largas del mundo; silencios incómodos durante 35 minutos separados por monólogos vergonzosos protagonizados por el abuso y la violencia, palabras húmedas y escurridizas en su cabeza, filosas. El precio de la terapia era la cuota que pagaba para escapar de ese cuarto, pequeños ejercicios de auto-mutilación psíquica, reenactments oníricos punteados de cortisol.
-Con eso nos quedamos-
Quedar liberado. Con eso se quedaba, con un cuchillo en su mente, adentro donde todas las paredes sangran. Aún así, los números rojos al final de la sesión eran la herida más real de todas.
Sumas de números negativos, su nombre: un gran número carmesí que empezaba con “menos”, y sus apellidos se borraban bajo varios cer0s [Su rostro supeditado por por el último].
La lógica de la simulación permanente, de los “demos” reproduciendo trauma como una mixtape en las retinas, sobre cada charco pisado se refleja un frame. Con la frente hacia arriba, los lóbulos frontales asemejan una especie de “puerto”. Me imagino que en los 90s se hubiese visto como un hardware muy intrusivo; cables, lectores de discos/cassettes protuberantes, las pupilas en estática con sonidos mecánicos del aparato ejercitando sus partes internas. La época de lo wireless es más sutil (en apariencia), pulsiones de mapeo complejo saliendo de focos que cortan desde múltiples direcciónes. Renders que se retuercen en un vacío con esquinas de serrucho, missing textures y meshes borrosos. Un repositorio infinito de assets descartados, la sombra de la historia – rostro negro de las historias monumentistas, tan pequeñas, tan cerradas; la historia de las historias es la de un mapa de cicatrices, sus sombras se extienden más allá de los limites de las dialecticas materialistas.
“The wisdom of time failed the thinkers..”
For what is time if not the stories we tell ourselves
Lo finito construido en un cadáver “los huesos del mundo”
māyā (माया)
Patologizado, diseccionado, organizado con una lógica que se estructura de fantasmas – se sentía como un nudo; sin facciones ni extremidades, pero que se aprieta – La imagen superpuesta, incompleta, ocultando su contradicción fundacional con su propia existencia de no – muerta (pero no del todo viva). Indistinta de lo que sea que el “yo” cartesiano signifique. No parece haber nada “más real y más verdadero” detrás de las máscaras, nada después de 35 minutos.
Skinner seemed to have created a machine of cognitive flattening when the corrective branch of psychology identified itself with a politics of neurological normativity. Pigeons—”or rather, missiles…”
He couldn’t believe what came out of his own mouth during those 35-minute sessions, but the pigeon bit was especially strange. The missiles hung in the air for a few seconds. The silence (a nearly prescribed response during those 35 minutes) was as uncomfortable as ever. Being silent inside his own head was already terrifying; being silent in front of someone else was humiliating. He anxiously waited to leave, to pay and leave—these were the longest transactions in the world; uncomfortable silences broken by shameful monologues starring abuse and violence, wet and slippery words in his head, sharp. The price of therapy was the toll he paid to escape that room, small exercises in psychic self-mutilation, dreamlike reenactments punctuated by cortisol.
—”We’ll stop here.”—
To be released. That’s what he was left with: a knife in his mind, deep inside where all the walls bleed. Still, the red numbers at the end of the session were the most real wound of all.
Sums of negative numbers, his name: a large crimson figure beginning with “minus,” and his surnames erased beneath rows of zeros [His face overwritten by the final one].
The logic of permanent simulation, of “demos” replaying trauma like a mixtape across the retinas—on every puddle stepped, a frame reflected. With his forehead tilted upward, the frontal lobes resemble some sort of “port.” I imagine that in the ’90s it would’ve looked like a very intrusive piece of hardware: wires, protruding disk/tape readers, pupils in static with the mechanical noises of the device exercising its inner parts. The wireless age is more subtle (on the surface), complex mapping pulses emitted from bulbs slicing from multiple directions. Renders twisting in a void with jagged corners, missing textures and blurry meshes. An infinite repository of discarded assets, the shadow of history—the black face of monumentalist histories, so small, so sealed; the history of histories is a map of scars, its shadows stretch beyond the limits of materialist dialectics.
“The wisdom of time failed the thinkers…”
For what is time if not the stories we tell ourselves?
The finite built into a corpse—“the bones of the world”
māyā (माया)
Pathologized, dissected, organized with a logic structured by ghosts—it felt like a knot; with no features or limbs, but tightening—a superimposed image, incomplete, hiding its foundational contradiction with its own undead (but not fully alive) existence. Indistinct from whatever the Cartesian “I” is supposed to mean. There seems to be nothing “more real and more true” behind the masks—nothing after 35 minutes.


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