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Lavos’

Me temo que es ahora donde me encuentro con la pared de mis propias carencias, de carencias que se ven reflejadas en todo esfuerzo de análisis individual [individuante]. He mordido un hueso demasiado grande. Me temo que desenterré un cadáver.

Étienne Balibar, durante Violencia: idealidad y crueldad, hace una lectura a través de Bataille frente al deseo de eliminar la violencia, de cara a su aparente necesidad (ligándose directamente con la pregunta de Andreas Malm), y explora la complejísima relación que existe entre “idealidad” (como ideología y relectura de los aparatos ideológicos de Althusser) y la violencia que se imprime en la materialidad mediante y por causa de ella. A ojos de Balibar, la no violencia —cualquier principio ideológico que se base en la premisa de rechazar la violencia, toda acción empeñada en eliminarla— “debe hacerle frente a sus propios efectos retroactivos”.

Los ideales, dice Balibar, se transmiten a través de la violencia; no hay cuerpo, espacio, lucha ni materialidad que no esté moldeada por la violencia. Es un efecto presente incluso dentro de los pensamientos más pacifistas, fundada en la idea de que, para eliminar la violencia, se ejerce violencia contra cualquiera que no esté de acuerdo con la idea de la no violencia. Parecerá paradójico, pero me hace preguntarme sobre la no violencia detrás de las botas y bastonazos que disiparon las protestas pacíficas de Malm, sobre la violencia de los cuerpos que se rehusaron a responder a pedradas.

No hay no violencia. En palabras de Foucault (leído por el mismo Balibar), a todo poder le corresponde un contrapoder; en tanto hay poder, habrá resistencia (forma de la violencia): “Los problemas del poder están realmente en el corazón de lo que llamó ‘la economía de la violencia’: hay una violencia primera del poder, una contra-violencia dirigida contra el poder o una tentativa de construir los contrapoderes, que ‘toma la forma de contraviolencia’. Más aún, para el autor, la pretensión de no violencia es campo fértil para el totalitarismo [adendum pendiente]”.

Balibar introducirá nuevas formas a esta dinámica. Si bien el argumento del autor parte de la idea ya conocida de que el Estado actúa como monopolio de la violencia para administrar la vida de los individuos en sentido biopolítico, también añadirá que “(…) contra Foucault (o más bien contra una idea que se ha querido interpretar en él), que existe el poder y, aun, un aparato de poder dotado de uno o varios ‘centros’, a pesar de lo compleja y múltiple que pueda ser su constitución”, dejando en claro que su lectura de esta dicotomía no debe ser reducida a la rigidez binaria de lo que se lee prima facie de Foucault.

En el entramado de la violencia y el poder que expone Balibar, “el Estado se constituye cuando adquiere no solamente el monopolio de la coacción sino, según la expresión de Heide Gerstenberger, ‘el poder de definir’”. Para este punto, el velo sugerente de la violencia existe agazapado permanentemente: un estado de asedio donde la amenaza define, de manera no tan sutil, la dinámica social al interior de dicho Estado. Pero el movimiento no es uno negativo: el cuerpo no existe en el mundo solo como carne (a la espera de ser quemada).

// El poder de definir; la colocación del mono-mito [monolito] del deseo de consumo exacerbado, la protección cognitiva de formas de despojo que susurran dentro de los engranajes de la máquina: “algún día…” (¿para quién? ¿para qué?)

“Fuck the future”, escrito en la pared → (sólo queda el ahora). //

La crueldad es el término que Balibar elige para describir el umbral que se atraviesa cuando el poder deja de reproducirse a sí mismo y es, en términos fisherianos, deshumanizante. Hay procesos de crueldad en forma de violencias ultraobjetivas, creadas por las estructuras económicas del capital, que generan seres desechables.

Primero, en forma del Ejército Industrial de Reserva (descrito por el propio Marx), que beberá de la noción de excedente batailleano para, seguidamente, tomar forma de los “indeseables”. Más allá del EIR, los cuerpos aún menos visibilizados dentro de esta cuenta solo sirven como desecho y están sujetos a “las perspectivas de eliminación y de exterminación, que no son solamente violentas, sino específicamente crueles, en el horizonte de las hambrunas y de las guerras ‘civiles’ o de los etnocidios alimentados por las permanentes ventas de armas (es necesario dar salida a estos excedentes y, por añadidura, el hombre desechable se extermina a sí mismo)”.

Esta forma de violencia es particularmente deshumanizante, en el sentido más espeluznante de la palabra, pues se institucionaliza mediante los juegos numéricos del capital y dentro del imaginario como violencias ultrasubjetivas, propias de las fantasmagorías de las que se alimentan, por ejemplo, los etnonacionalismos. Esos imaginarios se ontologizan, como cualquier imaginario que tiende a historizar una narrativa, y se reproducen sobre ese excedente que toma forma de un grotesco sacrificio (anti-Batailleano): más cadáveres para alimentar a la máquina del capital.

Las estructuras económicas a las que refiere Balibar operan en un sentido tecnológico a través de la estadística, la burocratización y la tecnificación del mundo descrita en Realismo capitalista. El individuo se hace presente a través de esas estructuras, que capturan todo como un mero devenir numérico.

A través de esa tecnificación, mi contacto con el mundo (mediado por la tecnología, todo tipo de tecnología) reduce y convierte el lenguaje a ese mismo devenir numérico. El “algoritmo” binariza el deseo de los sujetos al reducir dicho lenguaje a números computables. El algoritmo, así como el capital, ha capturado los deseos y el inconsciente; la máquina de determinaciones se pone en marcha: definir deseos y subjetividades a través de los imaginarios que se imprimen en violencias. La tragedia política de Balibar es reconocer que, en el terreno de lo político, siempre habrá violencia.

Balibar, bebé de Deleuze en la misma medida que Land y Fisher, parece proponer una idea de política sin sujeto que deviene en sujeto fluido: una escena donde se teoriza y practica un sujeto pensado más como proceso identitario en la búsqueda constante de escapar de estas [invisibles] estructuras. Si la identidad se crea bajo la disputa política, y la política bajo la disputa de los individuos, habría entonces que apuntar a una inpolitización que desarticule los aparatos que posibilitan el juego de lo político como lo conocemos. Una apuesta por una reidentificación perpetua que posibilite el derecho a manifestarse en contra de la propia política.

// ¿La disolución del individuo es individuante? ¿En esta lectura encontramos espacio para la comunidad?

Los procesos de organización de autodefensa son también políticamente identitarios. ¿Esta identidad es una que también cuenta con el poder de definir? ¿Solo lo hace dentro de su contraposicionamiento?

La identidad [y procesos identitarios] de la negatividad.

I’m afraid this is where I come face to face with the wall of my own limitations—limitations reflected in every effort of individual (individuating) analysis. I’ve bitten off more than I can chew. I fear I’ve unearthed a corpse.

Étienne Balibar, in Violence: Idealism and Cruelty, reads through Bataille when confronting the desire to eliminate violence, facing its apparent necessity (directly linked to Andreas Malm’s question), and explores the immensely complex relationship between idealism (as ideology and reinterpretation of Althusser’s ideological apparatuses) and the violence that is inscribed in materiality through and because of it. In Balibar’s view, nonviolence—any ideological principle based on the premise of rejecting violence, any effort aimed at eliminating it—”must face its own retroactive effects.”

Ideals, Balibar claims, are transmitted through violence; there is no body, space, struggle, or materiality unshaped by violence. It is an effect present even within the most pacifist thoughts, grounded in the idea that, in order to eliminate violence, violence must be exercised against those who disagree with the idea of nonviolence. It may sound paradoxical, but it makes me wonder about the nonviolence behind the boots and batons that dispersed Malm’s peaceful protests—about the violence of bodies that refused to respond with stones.

There is no nonviolence. In Foucault’s words (as read by Balibar), every power entails a counterpower; as long as there is power, there will be resistance (a form of violence): “The problems of power are truly at the heart of what he calls ‘the economy of violence’: there is a primal violence of power, a counter-violence directed against power or an attempt to construct counterpowers, which ‘takes the form of counterviolence.’” Moreover, for Balibar, the pretense of nonviolence is fertile ground for totalitarianism [addendum pending].

Balibar introduces new forms into this dynamic. Although his argument begins with the already-known idea that the State acts as a monopoly of violence to manage individual life in a biopolitical sense, he also adds that “(…) against Foucault (or rather against an idea that has been interpreted from him), there exists power and even a power apparatus endowed with one or several ‘centers’, despite the complex and multiple nature of its constitution,” clarifying that his reading of this dichotomy should not be reduced to the binary rigidity commonly derived from Foucault.

Within the web of violence and power that Balibar outlines, “the State is constituted when it not only acquires the monopoly on coercion but also, in Heide Gerstenberger’s words, ‘the power to define.’” At this point, the suggestive veil of violence remains permanently crouched: a state of siege where threat subtly (and not so subtly) defines the social dynamic within that State. But the movement is not purely negative: the body does not exist in the world merely as flesh (awaiting combustion).

// The power to define; the placement of the mono-myth [monolith] of the desire for intensified consumption, the cognitive protection of forms of dispossession that whisper inside the gears of the machine: “someday…” (for whom? for what?)

“Fuck the future” written on the wall → (only the now remains). //

Cruelty is the term Balibar chooses to describe the threshold crossed when power ceases to reproduce itself and becomes, in Fisherian terms, dehumanizing. There are processes of cruelty in the form of ultra-objective violences, created by capitalism’s economic structures, that generate disposable beings.

First, in the form of the Industrial Reserve Army (described by Marx himself), which draws from Bataille’s notion of surplus and then takes the form of the “undesirables.” Beyond the IRA, even less visible bodies within this count serve only as waste and are subject to “prospects of elimination and extermination, which are not only violent, but specifically cruel, in the horizon of famines and ‘civil’ wars or ethnocides fueled by constant arms sales (these surpluses must be cleared, and, moreover, the disposable man exterminates himself).”

This form of violence is particularly dehumanizing, in the most chilling sense of the word, as it becomes institutionalized through capitalism’s numerical games and internalized imaginaries as ultra-subjective violences—phantasmagorias that feed, for instance, ethnonationalisms. These imaginaries are ontologized, like any that attempt to historicize a narrative, and are reproduced over this surplus that takes the shape of a grotesque (anti-Bataillean) sacrifice: more corpses to feed the machine of capital.

The economic structures Balibar refers to operate in a technological sense through statistics, bureaucratization, and the technification of the world as described in Capitalist Realism. The individual becomes present through those structures, which capture everything as mere numerical becoming.

Through this technification, my contact with the world (mediated by technology, all forms of technology) reduces and transforms language into that same numerical becoming. The “algorithm” binarizes subjects’ desires by reducing language to computable numbers. The algorithm, like capital, has captured desires and the unconscious; the machine of determination is set in motion: to define desires and subjectivities through imaginaries that are imprinted via violence. Balibar’s political tragedy is recognizing that, in the terrain of politics, there will always be violence.

Balibar, as much a child of Deleuze as of Land and Fisher, seems to propose a politics without a subject that becomes a fluid subject: a scene where a subject is theorized and practiced more as an identity-process in a constant search to escape these [invisible] structures. If identity is created through political struggle, and politics through individual disputes, then we must aim toward an inpoliticization that dismantles the apparatuses enabling politics as we know it. A wager on perpetual re-identification that makes room for the right to oppose politics itself.

// Is the dissolution of the individual individuating? Does this reading leave room for community?

Self-defense organization processes are also politically identitarian. Does this identity also carry the power to define? Does it only do so through oppositional positioning?

The identity [and identitarian processes] of negativity.

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